Niponofilia IV: “La mujer de arena”, o secuestrando a un entomólogo

Traigo a este blog otra reseña de un libro japonés de los que me ha llegado al alma… En este caso uno llamado “La mujer de arena”, al que le tengo un especial cariño porque me fue regalado hace años por una buena amiga japonesa. El artículo original lo escribí con mi nick de paisano en esta página: traigo aquí una versión resumida.

Y por cierto, el libro en sí no sé si considerarlo BDSM o no, pero la frase que lo abre… Juzgad vosotros mismos:

Sin la amenaza del castigo
Ni siquiera existiría el placer de la fuga.

Generalmente me pone nervioso que se califique cualquier historia “rara” de kafkiana, pero reconozco que “La mujer de arena” podría haberla escrito perfectamente Kafka de haber nacido unos miles de kilómetros más al este. Imaginad si no esta angustiosa situación: un coleccionista de insectos pasea por un pueblo donde varios de sus habitantes viven en simas cavadas al pie de una enorme duna. El visitante es invitado a  pasar la noche en uno de esas casas, junto a una joven viuda, y a la mañana siguiente descubre que la escala de cuerda que le permitiría salir de allí ha desaparecido… A partir de entonces, es obligado a trabajar junto a la mujer paleando la arena para proteger el pueblo, en un agujero donde tendrá que permanecer el resto de su vida.

No sorprende enterarse de que Kobo Abe (literalmente “la borla pública del club de relax”), el autor de esta maravilla de novela, fue de niño un gran lector de Kafka. Quién sabe si su gusto por el absurdo y los personajes atrapados en situaciones inverosímiles viene en parte por haber vivido muchos años en la Manchuria ocupada por Japón, una tierra de nadie en la que fue testigo de varias guerras…

La fama como escritor le llegó con La mujer de arena, que fue adaptada al cine por el director Hiroshi Teshigahara, un “nouvelle vague” japo (autor, por cierto, de un psicodélico documental casi mudo sobre Barcelona y Gaudí). El propio Abe escribió el guión para la película, que ganó el Premio Especial del Jurado en Cannes en 1962. La película es preciosa (prescindiendo de su absolutamente insoportable música “experimental”) y tiene imágenes bellísimas, aunque ya aviso de que su ritmo no es precisamente trepidante.

He aquí a la mujer de arena

He aquí a la mujer de arena

Leer este libro es una experiencia extraña, tan hermosa e hipnótica como ver caer los granos de un reloj de arena. La arena lo invade todo: se mete bajo las uñas, cae sobre los platos de comida, se acumula sobre las vigas… Junto a descripciones precisas, frias y científicas sobre las características de la arena (su fluir, la forma en que se filtra por todas partes), vemos páginas sobre la peligrosa belleza de las dunas, el aullido del viento o el calor bochornoso del Sol. El lector acaba notando el sabor de la arena en la boca, oliendo el aroma a arena mojada tras la lluvia, sintiendo la sequedad de la sed y la frescura de la noche en las dunas.

Me gustan especialmente los párrafos absurdos y alucinados que muestran los pensamientos deslavazados del protagonista, durante su primera insolación o cada vez que el aburrimiento y la fatiga hacen mella en él: el pobre entomólogo será moldeado por la arena en direcciones que no puede imaginar.

La actitud de la mujer parece bastante marciana en un principio: el hombre es forzado a trabajar en la sima, pero la mujer vive allí por propia voluntad. ¿No siente ganas de salir del agujero? Cuando el entomólogo se lo pregunta, se establece este diálogo:

– ¡No hay motivo para salir!
– ¡Puede salir a caminar, al menos!
– ¿Caminar?
– Sí, caminar, dar un paseo. ¿No es motivo suficiente? Antes de que yo llegara, ¿no salía a caminar por simples ganas de hacerlo?
– Sí, pero lo único que se consigue saliendo a caminar sin propósito es cansarse. (…) Sí, he caminado… -empezó a hablar con una voz monótona, apagada-. Ya lo creo que me hicieron caminar… Hasta que vine aquí… Solía andar mucho tiempo con el niño a cuestas. Me cansé a morir de caminar…
El hombre se sorprendió. ¡Qué manera de hablar más extraña! No supo qué contestar. Recordaba cómo unos diez años antes, cuando sólo quedaban ruinas de la guerra, todos anhelaban la libertad de no seguir caminando. Y ahora, pensó, ¿será que nos hemos cansado de la libertad de dejar de caminar?

La relación que se establece entre los dos está muy bien descrita: la lógica desconfianza inicial, la tensión sexual que aparece por primera vez en medio de una pelea, el día a día que les permite establecer más lazos de los que parece a simple vista… Es fascinante ver cómo la mujer se va filtrando en el corazón del protagonista, de forma tan lenta, inadvertida e implacable como la arena erosionando una roca. Es la suya una de las historias de amor más extrañas que he leído…

Y ya que estamos en ello, aprovecho para comentar que hay alguna escena erótica en el libro especialmente inolvidable: la primera visión de la mujer durmiendo desnuda bajo una fina capa de arena, la pelea-que-evoluciona-en-polvo, el ritual diario del baño enjabonado que les limpia y excita a ambos, la pasión provocada por la sed…

Dice Umberto Eco que una novela es una “máquina de generar interpretaciones”, y que no es labor del autor explicitarlas demasiado. Que lectores diferentes puedan extraer significados diferentes de un mismo texto es señal de riqueza: no me gustan las novelas que se esfuerzan en hacer llegar un mensaje (o peor, una moraleja), con la sutileza de un martillo pilón. La mujer de la arena sugiere muchas lecturas diferentes. Muchos ven en la arena una metáfora de una sociedad indiferenciada donde la identidad y los propios deseos no importan: ni los granos de arena tienen nombre ni los protagonistas usan el suyo durante el relato… El protagonista queda retenido a la fuerza por una necesidad mayor (la supervivencia del pueblo) que ve inútil y con la que no se tiene identificado, como un recluta forzoso de una guerra de la que no puede desertar.

Sol y arena, pero no es una plaza de toros

Sol y arena, pero no es una plaza de toros

También puede verse la novela como una metáfora del paso del tiempo, tan implacable en su desgaste y corrosión como la arena que pudre la casa o asesina a la familia de la mujer. O puede decirse que refleja la capacidad humana de adaptarse a cualquier situación por desesperada que parezca, cambiando y fluyendo como la arena que nunca permanece en reposo. La lucha de los personajes contra la arena, que tiene algo de quijotesca, no es sin embargo nada épica: simplemente hacen “lo que hay que hacer”. Me recordó a la pelea interminable contra la plaga invasora de bichos que mantiene la familia creada por Italo Calvino en el muy recomendable cuento “La hormiga argentina” (incluido en el libro Los amores difíciles). El hombre vive su propio proceso, cambia y se aclimata a su manera manteniendo como puede la cordura: la trampa para cuervos que monta el protagonista hacia el final del relato recibe de nombre “Esperanza”…

Y, por supuesto, hay más interpretaciones posibles: ver la arena como la inercia mental que moldea a los protagonistas hasta despojarles de voluntad, limitándolos a hacer “lo que toca hacer” sin cuestionarse nada… O podemos interpretar la arena de otra forma, claro:

Este es un libro hecho de arena: a alguno puede que os encante, a otros probablemente se os escurrirá de los dedos. En cualquier caso, es una niponofilia altamente recomendable.

~ por joseplapidario en junio 6, 2009.

3 comentarios to “Niponofilia IV: “La mujer de arena”, o secuestrando a un entomólogo”

  1. Este es libro es uno de los mejores que he leído. Es alucinante y muy inteligente, además de estimulante para los sentidos (yo sentí, tragué y olí la arena en todas partes :S, además del erotismo). Es hermosa. Bonito blog 🙂

  2. Me alegro de que también te impresionara el libro… En efecto, es una novela muy “sensorial”, y te coloca en la situación del pobre protagonista muy vívidamente.

    Y gracias por el piropo bloguero! En realidad todas estas niponofilias son puestas al día de entradas antiguas que tenía publicadas en otras páginas… Pronto empezaré a escribir contenido nuevo.

  3. Pues estaré leyendo, porque está genial. Soy medio adicto a Japón.

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